En Loja, la hermosa ciudad de Mercadillo, fresca y lozana en ese entonces, se vistió de gala en el año de 1749, cuando en su seno llegó al mundo un niño cuyo signo estaba escrito en letras de inmortalidad porque estaba designado a constituirse en parte de nuestra historia. Su hogar noble y respetado estuvo formado por don Pedro Javier Valdivieso y Doña María González de las Heras. La educación primaria de Bernardo corrió a cargo de preceptores particulares quienes con mística y dedicación encaminaron al niño por el primer sendero del  saber.  Más  tarde el real Colegio de San Fernando de Quito lo tiene como uno de sus más brillantes alumnos, finalmente, será la Universidad de San Marcos de Lima, la más célebre de la Colonia la que concede a Bernardo el título de Doctor en Derecho Canónigo y Teología.

Regresa luego a su ciudad natal en donde se dedica a buscar por todos  los medios de superación en la educacion de la niñez y juventud, sobre todo, anhelando una educación auténticamente democrática.

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